Crónicas para enamorar a Evangelina
(extracto)

III

La noche antes de viajar, sin embargo se produjo el milagro.
Yo había ido a su casa con unos discos de Los Fronterizos que Julieta me había pedido escuchar.
Estábamos solos en el living. De pronto se abrió la puerta y apareció Evangelina.
—Qué linda música...
—Es la zamba del pañuelo.
Y en el momento en el que la letra decía: “...si andando, andando, niña, un día mis ojos te ven pasar...” ella me miró como nunca lo había hecho antes, hasta hacerme temblar todo. Revolvió su pelo, oscuro, largo, hermosísimo. Y sonrió.
Casi enseguida se fue, pero entre la zamba y su mirada sentí que, como una tácita promesa, se abrían para mí maravillosas esperanzas.