Día para recordar

Al nono Fortunato
De mis abuelos (los nonos) recuerdo muchas cosas. La casa de Banfield, el comedor, el patio, los
cuentos que me contaban; una canción en italiano y aquel inmenso amor, nunca igualado.
Ahora sé que la situación económica del país en ese tiempo era mala: no había trabajo. El nono buscaba algo que hacer, sin encontrarlo. Quería volverse a Italia. Una mañana lo sorprendió la muerte. Yo era muy chico. La noche anterior me había hecho un montón de barcos.

I

La casa donde vivían los nonos estaba en los fondos de la nuestra.
Cuando papá y mamá se iban a trabajar, yo corría por el patio para quedarme con ellos. Desayunaba, jugaba. A veces en invierno me quedaba a dormir un rato en la cama, todavía caliente.
Por la mañana el nono leía el diario, mientras la nona preparaba café.
Cuando terminaba de leer, él cortaba las hojas y hacía barquitos. Grandes, chicos.
Los colocábamos en el piso.
—¡Qué lástima! —decía—. No pueden
navegar...

II

Una mañana, cuando yo acababa de cumplir cinco años, me di cuenta de que algo distinto y hermoso iba a pasar.
Primero fue un comentario del nono a la nona: —A  Roque... —dijo, mientras doblaba La Prensa—...lo han nombrado para un cargo muy importante... en el gobierno...el corazón me dice que me va a dar un
trabajo.
—¡Qué bien nos vendría..! —dijo la nona—
...podríamos terminar el techo.
—Y comprar otro calefón. El que tenemos ya está viejo.
Y después la propuesta: —¿Querés acompañar al nono a Buenos
Aires?
El corazón me latía fuerte. Era la invitación más linda que podía recibir.
El nono se vistió con su traje gris, el que había traído de Italia.
A mí me puso una camisa a rayas y los pantalones recién salidos de la tintorería.
—Estás muy elegante.
Cuando íbamos, la nona nos acompañó por el jardín hasta la puerta:
—Van a ver, todo saldrá bien —nos dijo—:
Y agregó dirigiéndose al nono: —Voy a rezar todo el día. Sos muy bueno.
Dios te va a ayudar.

 

III

Tomamos el tren en la estación. Yo quería viajar en el vagón con asientos de madera.
Eran brillantes, lustrosos.
Pero el nono no quiso.
—Es la segunda clase.
Y como para convencerme: —Ahora que Roque me va a dar un trabajo...
vamos a viajar en primera.
Después tomamos el subte. Como el nono sabía que me gustaba, me llevó al vagón de adelante, al lado del conductor. Desde allí se veía cómo manejaba y cómo los túneles parecían venir hacia nosotros, con sus luces
amarillas en el techo.
Cuando salimos a la calle otra vez, cruzamos una avenida llena de autos.
—Ya llegamos —dijo el nono—. Falta poco.
Mientras caminábamos, yo iba mirando de reojo las vidrieras, especialmente las jugueterías.
La oficina de Roque estaba en un edificio muy alto, altísimo, por encima de los árboles.
Cuando le cuente a mamá que subí hasta allá —pensé— no va a poder creerlo.
Extendía la mano hacia arriba.

IV

Viajamos en un ascensor, rodeado de flejes cruzados. Se veía todo mientras subíamos.
Me daba un poco de miedo pero el nono me tranquilizó tomándome de la mano.
Los pisos iban pasando. Aparecían números pintados antes de llegar a cada uno. Y también letras: formaban palabras, que yo no sabía leer.
Reía nerviosamente. Al final pude hablar.
—Es una casa muy alta.
—Es muy importante —dijo el nono—.
En Banfield no había casas tan altas ni tampoco ascensores. La que teníamos nosotros era de un solo piso. Y la de mi compañerito
Balo, de dos, pero se subía por escaleras.
—¿Y si pusiéramos un ascensor en casa?
—No hace falta.
Por fin llegamos.
—¡Ufff! Exageradamente pasé mi mano por la frente. Como si transpirara.
Nos recibió una mujer, muy sonriente.
—Usted es el señor que dijo que vendría.
Siéntese un momento, por favor, que ya le aviso al señor Director.
Entró por una puerta. Volvió a salir.
Van a tener que esperar un poco hasta que los atienda.
Hacía calor. La camisa se me pegaba al cuello pero el nono dijo que no la desabrochase.
Me entretuve al principio en cazar una mosca.
Había varias. Una era la más buena. Se quedaba en la mesa, cerca.
Movía las dos patitas de adelante, limpiándose la cara.
Cuando voló, estuve hojeando una revista.
Había figuras de señoras, con vestidos largos.
Después corrí entre los sillones. Trataba de que el nono me mirase.
Parecía preocupado.
Al final habló:
—Señorita —dijo—. Ya pasaron más de dos horas... me habían dado una entrevista. Y yo estoy aquí con mi nieto...
—El señor Director aún no puede atenderlo. Espere un segundo por favor. Voy a consultar.
Pasó todavía un rato más largo que el anterior, hasta que volvió. Nos miró sólo haciendo un gesto.
Por suerte la mosca había regresado.
Jugamos hasta que el nono se enojó.
—¿Va a recibirme o no? —dijo en voz alta—. La cara se le había puesto toda colorada.
—Voy a preguntar nuevamente.
Volvió a entrar por la misma puerta. Cuando regresó, parecía apesadumbrada.
—Dice el señor Director que lo disculpe. Hoy no puede ser... tal vez otro día... no sé. preocupe. Él lo va a llamar.
El nono estaba visiblemente contrariado.
—Fuimos juntos a la guerra...en la trinchera... cuando cayó esa granada...
lo salvé de la muerte... y ahora que lo necesito no me recibe...
Volvimos a la calle, tomamos un tranvía.
Tenía ventanas cuadradas, inmensas. Asientos a los costados. Y una cuerda que colgaba del techo. Si alguien tiraba de ella hacía sonar la
campanilla y el tranvía paraba.
El nono seguía disgustado.
—Al final no me recibió...no quiso atenderme.
—La señorita dijo que te a va a llamar...
—Es un modo de decir...solamente eso.
Estuvo un rato en silencio.Me quedé tranquilo mirando por la
ventanilla cómo pasaban casas y personas.

V

De pronto sentí un cambio. Me acariciaba la cabeza.
—Bueno, nene... no importa... tal vez sea lo mejor...si no trabajo voy a tener más tiempo para estar con mi nieto.
Y me agarró fuerte de la mano.
—¿Sabés lo que vamos a hacer? Tomamos otro tranvía y nos vamos al zoológico.
Fue un viaje largo. Pasamos un montón de calles hasta que vimos la reja de entrada.
—Allí está —dijo el nono—.
Al bajar, se nos acercó un señor que vendía globos. Unos eran redondos, otros tan largos que parecían salchichas.
—¿Cuál te gusta más?
—Ése azul.
Tomé el piolín con la mano, muy fuerte, para que no se volara.
También me compró galletitas. De todos los animales, los que más me
gustaban eran los monos. Estaban en una jaula negra. Hacían piruetas,
daban vueltas en una hamaca y se colgaban de la cola.También había patos en una laguna, liebres que miraban quietas desde el pasto y hasta palomas.
Traté de alcanzar alguna, para acariciarla. Pero cuando estaba por llegar salían volando.
El mover de las alas hacía pegar el viento sobre mi cara.
Después fuimos a ver al elefante. Y luego a la jirafa.
—¡Qué alta!
Daba un poco de miedo. Pero cuando el nono pasó la mano por sobre mis hombros me sentí seguro. La jirafa tenía un cuello larguísimo y una
lengua negra. Le di una galletita. Mojó mi mano.
Al final y luego de haber visto todos los animales, el nono me llevó a una confitería y sentados en una mesita, como si fuese una persona grande, pidió para mí un sándwich de miga y una Bidú.
Para volver, tomamos otro tranvía y otro más.
En el camino contó cuentos y hasta me cantó en voz baja y al oído una canción en italiano.
Cuando llegamos al tren que nos llevaba a Banfield, compró dos helados que comimos,  mientras mirábamos juntos por la ventanilla.

VI

En casa (papá y mamá no habían vuelto todavía del trabajo) nos esperaba la nona.
—¡Cuánto tardaron! Ya estaba preocupada.
¿Cómo fue todo?
—A Roque no pude verlo.
Y como con culpa:
—No sé por qué...
—¿Y entonces?
—Paseamos por todas partes...
—Fuimos al zoológico, a una confitería y hasta comimos un helado —conté yo—. Mirá mi globo.
—Este nene no se cansa nunca... es un buen compañero.
La nona nos besó a los dos.
—Pasaron un día muy lindo... —dijo—.
Y luego, de un modo un tanto misterioso:
—Sabía que Dios los iba a ayudar...
Estuvimos los tres un rato en silencio. Y luego ella, como pensando en voz alta:
—Esta noche hago tallarines...
—¡Qué bueno..! ¡Qué rico!

VII

Amasaba en la mesa de la cocina mientras nosotros, sentados cerca, en el piso, jugábamos.
Con unos diarios de papel el nono construía barquitos.
De distinto tamaño. Grandes, pequeños.
Algunos apenas podían agarrarse.
—Éste es del nene... éste de la nona... éste del nono... éste de papá y mamá... —decía—.
—Van a Italia.
Y después, de pronto, mirando hacia lo lejos:
—Qué día tan lindo pasamos...
Suspiró.
Había un montón de barquitos en el suelo del comedor. Barquitos para todos.
Navegaban, como en el mar.