Cortos


I

-Sos muy chico todavía. Si ni pelo tenés en las piernas. Vas a quedar ridículo. ¿Qué va a decir la gente?
Yo trataba, sabiendo que toda insistencia ante los argumentos de mamá era inútil, de estirar las medias un poco más arriba, de alargar los tiradores para que los pantalones quedaran un poco más abajo.

-Para Navidad te prometo que te los compro.

Faltaba mucho para Navidad, el año recién empezaba y ya varios de mis compañeros del primer año los llevaban.

Eran siempre de color azul. Tenían botamangas y rayas verticales que con los reflejos del sol brillaban de distinta manera.

Las compañeras del curso los miraban con admiración.

-Qué bien te quedan -decían-.

Por las calles, al volver de la escuela, los vecinos saludaban:

-Parece que se alargaron los días...

-Y a vos, Héctor, ya te falta poco.

Y yo me sentía todavía más triste.

Al llegar a casa, el eterno pedido:

-Quiero los pantalones largos.

Y la eterna respuesta:

-Ya te dije que para Navidad te los regalo.

Aunque una vez me sorprendió con una respuesta distinta, que me hizo enrojecer:

-¿Por qué en lugar de pensar tanto en chicas y en pantalones largos no te dedicas a estudiar un poco más? Vas a salir mal en todas las materias.

Mamá conocía todo. Con sólo mirarme sabía lo que me pasaba.

Leía mis cuadernos, escuchaba detrás de la puerta cuando hablaba por teléfono.

-Puedo ver detrás de las paredes -me decía-. Puedo saber todo lo que hacés.

Esperé que se fuera a la cocina y sigilosamente abrí la caja que tenía en mi cuarto, debajo de la cama, en un lugar secreto que hasta entonces creía inexpugnable.

Había sido abierta y revisada.

Estaba el boletín lleno de malas notas que me habían entregado la tarde anterior y que había escondido lleno de vergüenza.

Y, lo que era más grave: un poema mío, lleno de palabras de amor.


II


Beatriz había sido mi compañera de banco desde el primer día de clase. Fue una decisión de la señorita Terzano, la profesora de historia.

-Este es un colegio mixto, tienen que aprender a convivir -nos dijo-. Cada chico tiene que sentarse al lado de una chica. Así no se miran como extraños.

Y como nuestros apellidos empezaban con una letra apenas de diferencia, nos sentamos juntos.

Tenía ojos muy grandes y marrones y una cara muy linda. Me fascinaba su pelo largo, de color castaño, rodando hasta los hombros.

Una vez, distraídamente, lo toqué y luego no podía dejar de sentir su roce por mi mano.

Nos prestábamos libros y en los exámenes, como sabía más que yo, trataba de ayudarme.

Vivía en Monte Grande. Al salir de la escuela, iba caminando las diez cuadras hasta la estación de Bánfield, junto a una amiga, para tomar el tren.

Aunque me desviaba del trayecto, las acompañaba todos los días.

Después, corriendo, retomaba mi camino y llegaba a casa por el otro lado, para que mamá no se diera cuenta.

Una vez me preguntó: -¿Cuándo te vas a poner los pantalones largos? Te quedarían muy bien.

Yo no le dije nada y ella no me lo preguntó más.

Pero ese mediodía cuando volví a casa me acosté llorando desesperadamente.


III


Si mamá sabe lo del boletín y sabe lo de Beatriz no sé que voy a hacer -pensaba-.

Por la noche papá, que siempre nos daba enseñanzas y consejos en la mesa, recordó que él había sido a lo largo de los cinco años del bachillerato, el mejor alumno de su promoción. Y cómo los profesores lo felicitaban y lo recordaban todavía.

Luego hizo un pequeño discurso sobre el valor del esfuerzo y la concentración en el estudio.

Mis hermanos se miraban insistentemente.

Yo no me atrevía a levantar la cabeza.

-¿Y a vos cuándo te dan el boletín? -me preguntó-.

-No sé -mentí-.

-Qué raro, ya terminó el trimestre hace tiempo. Tendrías que tenerlo ya.

Sentí que todos me descubrían, pero me aferré a mi mentira.

-No sé, te digo que no sé.

Papá frunció el ceño como cuando se enojaba. Ese modo de mirarme me hacía temblar. Tenía mucho miedo.

Mamá alivió la tensión.

-Ojalá que aparezca pronto -dijo-.

Luego suspirando, resignadamente: -algunas cosas que pasan no me gustan nada.


IV


-Me gustan.

-No me gustan.

-A mí sí.

-A mí no.

Reíamos. Y aunque tratábamos de hablar por lo bajo, susurrando, la profesora de dibujo se nos acercó.

-Jóvenes, ¿qué están haciendo? A trabajar en silencio.

Beatriz había pintado con las acuarelas dos colores sobre mi carpeta de dibujo.

-Parecen mariposas.

-Parecen pájaros.

-Qué tal si los hacemos volar.

-Siempre vuelan.

-Pero yo quiero que vuelen más alto todavía. Les voy a pintar unas alas grandotas.

-¡Tonto! Y con un movimiento inesperado agregó a los colores un azul brillante.

Toda esa clase seguimos hablando y a la profesora le era imposible controlarnos.


V


Cuando el Rector abrió la puerta del aula, unos días después, tuve un mal presentimiento.

La clase de contabilidad estaba aburrida como siempre, aquella mañana llovía, yo me entretenía haciendo un poema mientras simulaba escribir no sé qué cosas del debe y del haber.

Nos levantamos ritualmente.

-Buenos días alumnos.

-Buenos días señor Rector.

-Con el permiso del profesor, interrumpo un segundo la clase para presentarles a un nuevo compañero que desde hoy se incorpora a este curso. Viene de pase de un colegio del interior.

Todos mirábamos en silencio.

Se llamaba Alonso. Era alto, tenía el pelo negro peinado, muy brillante.

Se sentó cerca de nosotros, en un banco que había quedado libre.

En el recreo se acercó a Beatriz.

-¿Vos no me podrías prestar los apuntes con las clases? Quisiera ponerme al día.

-Yo también te los puedo prestar -le dije tratando de distraer su atención-.

Pero era inútil. El sólo quería hablar con ella.

Cuando ese mediodía volvimos hacia la estación, me fue imposible impedir que nos acompañara.


VI


Beatriz parecía haber cambiado desde la llegada de Alonso.

No es que saliera con él, pero se habían hecho amigos y yo me moría de celos.

Cuando la llamaba por teléfono, si su número marcaba ocupado, llamaba a lo de Alonso enseguida para saber si era él con quien hablaba.

Trataba de pedirle las carpetas antes, para que nos se las pudiera prestar y de retenerla en los recreos, para que me explicara algo de la hora siguiente.

Alonso a su vez hacía lo mismo. Era una lucha oblicua, silenciosa, desesperante.

Hasta que un día ocurrió la catástrofe.

Alonso llegó a la escuela en medio de bromas de los muchachos y felicitaciones de las chicas: le habían puesto pantalones largos.

Esa mañana estuve desesperado. Era como si el mundo se hubiese derrumbado de repente. Beatriz se había soltado el pelo y era hermosa.

"Nunca voy a ponerme los pantalones largos, nunca voy a poder tenerlos" -pensaba-.

Y luego en casa, otra vez a mamá:

-Quiero ponerme pantalones largos.

Y ella: -después del boletín que escondiste, de todo lo que mortificás a tu papá con los aplazos, venís con ese tema-.

Era todo como un inmenso abismo.


VII


Una mañana por fin me decidí.

Fue en el recreo de las diez, que era el que duraba más.

Beatriz estaba charlando con algunas amigas, parada cerca de uno de los árboles.

Me acerqué decidido. Vencí todos mis miedos. Delante de todas le pregunté:

-¿Vos qué preferís: cortos o largos?

Sentí la risa fuerte, de todas las amigas.

Beatriz pasó su mano derecha sobre el pelo, miró hacia el otro lado y salió corriendo.

Luego, más tarde, hacia la hora de música.

Abría yo mi cuaderno.

Y sobre el pentagrama, con un lápiz que tenía mezclado todavía algún color de la última clase de dibujo estaba escrito.

Con una letra suave, sencilla, muy segura: "cortos".

No he podido olvidarla nunca.