Noche cargada de presagios

Cruzaba
la luna de agosto
el cielo de la noche, azul de Banfield.

El invierno
más aún que en los temblores
tan leves de su cuerpo
se adivinaba en las hojas
que giraban lejanas.

Y en una antigua estrella
de claros resplandores
que las gotas del agua
y el aire desgarraban
detrás de la ventana.

Noche cargada de presagios:
desde el confín crecían
extrañísimas ondas.

Y los pájaros negros
se desesperaban
muriéndose de espanto,
volando en leves círculos.

Ella me dijo entonces
con una voz tan triste
que todavía me duele:

haz que la noche se quede
que no se vaya nunca.

Y en la penumbra
me sorprendió su llanto.

Yo hubiera querido hacer con cada lágrima
suya, un río nuevo
de oscurísimas sombras.

O llenar los cristales
que la luz empañaba
con nocturnas palabras
de modo que la noche
fuera siempre de ella.

Pero el viento sin piedad
disipaba tinieblas.

El jardín de la casa, los canteros desnudos
se desmesuraban.

Y un resplandor lejano
claramente se abría.

Me puse entonces a mirar en silencio
la quietud de su cuerpo
que la luna de Banfield desde el cielo guardaba.

Y al alba como un cántaro
vi crecer el torrente
del día entre los álamos.

Incendió los espejos. Llenó toda la casa.
Y su piel se poblaba con levísimos soles.


Una Carta

Aquí el otoño perdura,
y con la niebla los pájaros
rozan los lugares
más remotos de mi alma.

(Aquellos que a veces conocía
el inmutable silencio de tus ojos).

Nada ha cambiado:
la sombra de mis muertos me acompaña
abrumándome.

La memoria de un lejano amor
agranda mis tristezas.

Solo, en la pendiente de las noches,
ciego de toda luz,
abandonado

ya ni siquiera vivo
como en los días de otro tiempo
esperando
con los últimos resplandores de la tarde
tu imposible regreso.

Las horas
alargadas.

Tu voz perdida,
sin remedio.

Tu pelo de hierba
que se borra
con la bruma de los álamos.

¿Qué más podría decirte?

¿Qué otra palabra
para contarte mi dolor, tan intenso?
Aquel signo que esperaba de la vida
para abandonar tristezas
vino y se fue como una estrella:
como una luz azul, fugaz, incierta.

Solo,
para recordarte,

destrozado como estoy
por las orillas calientes de tu cuerpo
y por tus ojos, que parecían de almendros

bajo esta noche de Banfleld
que dobla las distancias
y sepulta todo sueño

te escribo esta carta.

Sólo ella me queda
para seguir viviendo.