Soledad del primer hombre

Oye:
he nacido apenas esta noche.

Tengo la carne blanda y ocre
tengo los brazos llenos de hojas y de musgos.

He nacido apenas esta noche
y esta isla nueva, con ríos y con árboles
este viento, estas bestias y estos pájaros,
todo, oye,
todo es tan ajeno y tan extraño.

(Hay monstruos aullando en las tinieblas
cantos como gritos
cuerpos como sombras
y la lluvia cae y cae entre los árboles
descarnando los pájaros, los truenos y la noche.)

Sé poco. Casi no sé nada,
y esta pregunta me duele tanto, tanto.
Oye:
soy más pequeño aún que este país pequeño,
¿cómo has podido entonces hacerme tan solo?


El hombre y el pájaro

I

Caballos azules destruyeron en su carrera los cristales del agua. La luna iluminaba la tierra.

El hombre, en su cabalgar desesperado, no advirtió la agonía de las ranas en la orilla, ni cuerpos agitándose debajo de los pinos. Hacia la medianoche, sólo le sobresaltó el ruido seco de una rama en la tierra, y más adelante el grito de un animal espantado. Al pasar frente a un camino saltaron perros negros ladrándole.

Varias veces se llevó la mano hacia el pecho, temeroso de que el pájaro, entre su camisa y su piel, se lastimara. Pero no por eso aminoró la marcha. Miró un momento el doble camino del agua, y pensó que los signos le anticipaban ya el final de la búsqueda, y la gloria.

Hubo de andar, empero, algún tiempo más hasta encontrar los tres árboles juntos.

II

Entre las sombras, ya la luna se perdía en el cielo, verificó la existencia de las piedras de una pequeña pirámide tosca, y de dos ramas cortas clavadas en el suelo. Después pensó que su verificación había sido excesiva. Más allá de los símbolos, algo inmaterial flotaba en el lugar, haciéndolo inconfundible.

Guarecido en las tinieblas elevó sus plegarias. Con hojas y leños hizo una pequeña hoguera.

La noche se había vuelto intensamente oscura, con una oscuridad que laceraba las manos y los párpados. Junto al fuego, mientras esperaba, se entretuvo recordando.

III

Una noche, cuando con un grupo de hermanos monjes también, interrogaba a los elementos ultraterrenos, le sorprendió un llamado intenso, imperioso, trascendente. Aquella noche los dioses le habían deparado súbitamente, un tiempo nuevo de peregrinación, de gloria, de dolor acaso.

Entonces era otoño todavía, y con una fuerza que no había sentido nunca antes, emprendió su marcha.

Revelaciones inequívocas le alcanzaron después. Primero, una misma imagen que noche a noche le develaba. Había algo de negro en ella, o por alguna razón incomprensible, al evocarla evocaba también el color negro. Adoptó el negro como emblema, y desde entonces buscó las noches y los sueños para encontrarlo. También la imagen le hablaba, y en el tono de la voz o en las palabras había expresiones alucinantes que lo desesperaban, que lo enloquecían, y que nunca podía recordar al despertar.

Además, una vez mientras observaba las aguas negras de un lago hacia el crepúsculo, descubrió de pronto que eran verdes, y que el color negro y el verde se identificaban en algún lugar de la tierra o del cielo; desde entonces amó también a los pastos y a los árboles.

Pero todos estos signos eran sólo presagios incompletos.

IV

A medida que los días transcurrían y él caminaba lentamente hacia el oeste, las revelaciones se fueron haciendo más espaciadas.

Seis noches y seis días se sucedieron luego sin símbolos ni sueños. Fue entonces, una mañana sobre un puente, que encontró, por fin al pájaro herido. En ese momento la voz, y la imagen, y los colores volvieron a sus ojos. Estremecido, llorando, repitió antiguas oraciones y otras nuevas y desconocidas, y, dulcemente, tomó al pájaro entre las manos.

Algunos caminantes lo miraron extrañados. Uno le gritó: "¡Ese pájaro está muerto!". Luego se alejaron riendo.

V

En incansables amaneceres y en incansables noches todo lo intentó para curarlo. Buscó las plantas sagradas que crecen a la orilla de los charcos, preparó mezclas y brebajes. Junto al fuego le infundió calor, extendió sus alas a la luz de la luna.

Después pensó que sus procedimientos eran erróneos y que para cumplir su obra, él mismo debía, antes, engrandecerse. Ensayó entonces largos cánticos, escribió palabras perdurables (o que le parecieron perdurables), meditó sobre lo bueno y lo justo, purificó su alma de lo indeseable. Noche tras noche, después de los cansancios de la jornada, se sentaba junto al pájaro y le contaba sus esfuerzos. Un día, también le habló de un lugar lejano donde los pájaros eran hombres y los hombres pájaros, un lugar donde se fundían los sueños y la aurora, el verde y lo negro. El pájaro con los ojos abiertos pero quietos, parecía ajeno a todo, dormido o muerto.

Hasta que una noche, súbitamente, sus ojos brillaron. Fue un momento apenas, pero lo suficiente para que el hombre comprendiera que sus palabras y sus días no habían sido vanos Llorando, levantó los ojos hacia el cielo, hasta que vio, en el confín, tres árboles quietos, una pirámide de piedra, y dos maderos clavados en la tierra. Después aparecieron caballos azules.

VI

Un resplandor azul lo arrancó de sus cavilaciones.

-Es el momento -dijo-. Es el momento.

Y lo repitió varias veces. Sacó el pájaro con cuidado de entre sus ropas, y le dio un beso. Inacabable, lento.

Algunos caminantes lo miraron extrañados. Uno de ellos le gritó:

-¡Ese pájaro está muerto!

Luego se alejaron, riendo.

Riendo y creyendo que el pájaro estaba muerto. Acaso porque no vieron el resplandor del sol, de nuevo entre sus ojos.